21 de enero de 2011

El bosque


Como si de un árbol se tratara, en el hombre sus anillos se van multiplicando, ampliando y sus hojas florecen y marchitan. En ese proceso vital sus ramas se expanden, rodeándose de otros como él que protege y cuida del leñador furtivo que puede aparecer en cualquier momento y desde el lugar menos insospechado. Por eso necesitamos vivir en el bosque y no como árboles aislados para ayudarnos, acariciarnos, escucharnos, sentirnos cercanos.

Con todo, existe una diferencia insalvable entre el hombre y el árbol: el primero conoce su pasado, vive en el presente y piensa en su futuro. El segundo sólo vive en el presente.

De todos los momentos, es el ayer el que hace crecer y curvar las raíces del hombre. Las contempla y reconoce que es uno más, pero diferente a los otros, con un origen que recordar, homenajeando las semillas de las que creció como un alimento vital que sacia su interior. Y así, en ese esfuerzo, no siempre placentero, observa que el bosque no parte de él. Que otros lucharon, se esforzaron, sufrieron y disfrutaron para que él tenga el tronco más alto y la copa más capacitada posible.

Como todo árbol joven fue injusto con sus semillas, no siempre reconociendo ese trabajo y dedicación. Curioso el momento donde el árbol joven mira hacia atrás con perspectiva y cierta madurez. Más aún si el verano ha traído algún fruto. Ahí siente el coraje y valor de sus predecesores. Ahí ve que sin ellos todo hubiera sido más difícil. Ahí tiene claro que forma parte de un bosque con un apellido concreto. Ahí tiene la necesidad de gritar que sin ese bosque hoy no sería nada.

2 comentarios:

  1. Una vez fui un árbol, allá por el siglo pasado, en una función teatral cuando apenas levantaba un par de palmos del suelo.Sí, que desagradecido papel, con lo difícil que es asimilar el personaje.Durante semanas me preparé para ser un árbol, sentir como un árbol,vivir desde esa posición estática,inmóvil, fija, a merced de vientos y tormentas,tan apegado a la tierra.Ahora sé, que en la inocencia de la niñez, llegué a ser un árbol. Aún recuerdo el sabor del agua filtrándose entre mis raices.

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  2. También hay bosques que enferman, que arden, que mueren... y tú, un simple arbolillo no puedes salir corriendo. Existen demasiadas raíces que te mantienen unido al suelo, a ese suelo con apellidos, a ese que me permitió la vida. Así, siguiendo el leve soniquete de mis ramas -tic, tac, tic, tac- a modo de metrónomo, me limito al quehacer de la naturaleza. Ya lo dice mi savia: sabia donde las haya.
    También hay bosques con árboles torcidos, con ramas entretejidas donde apenas entra la luz ¡bendíta luz! Quizás la torsión y el giro estrambótico de sus ramas sea eso, sí, la manera más fácil y rápida que tienen de sobrevivir.
    Tu bosque y el mío no son el mismo amigo, como las flores del desierto no son las mismas que las de un jardín, como el Sol que te calentó y el agua que te regó son diferentes...como que tú y yo, simplemente, no somos el mismo árbol.

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