Quizás, o, sin quizás, en medio de sus cavilaciones y dudas, percibía que una de esas incógnitas había sido ya resuelta por el destino y, sólo el tiempo, tan inexorable en su discurrir, se encargaba de modelar.
Evidentemente, el mundo andaluz en el que se hallaban, estaba mutando vertiginosamente y, trastocaba el caciquismo imperante del XIX por otro sistema, no menos injusto, nacido de la Revolución Industrial, en el mismo siglo.
Falto de fuerzas, por la irreparable pérdida que le supuso la desaparición de su amada Rosario quien tantas noches, con juvenil pasión, se entregó a él y fomentó, igualmente, a diario, su inmersión en páginas literarias muy diferentes de los estudiados textos de leyes que fueran base de su carrera, incidieron en esa abulia en la que estaba prendido.
Náufrago de Rosario, cual preciosa goleta, cuyos rubios cabellos flotaban con el suave viento del Oeste onubense, imprimiéndole tonos dorados, semejantes a graciosas y tostadas velas, impulsoras de indeterminado recalar, sólo le quedó de ella su presencia etérea y la viva presencia de los libros que un día acariciaron sus delicadas manos y, entre los que ocupaba preferente lugar, por proceder de la amada cabecera, “El manifiesto Comunista”.
La melancolía y madurez apreciada en él, dejó indeleble huella el paso de aquel fuego que en su juventud prendió Rosario y que, con la desaparición de tan querido ser, con ella marchó. No obstante, permaneció el recuerdo de los días compartidos donde, en cada uno de ellos florecieron rosas, con total ausencia de espinas, dejándole fuerte poso de comprensión hacia sentimientos ajenos.
Fue el reactivo de ese intangible sedimento el que le hacía observar, con mezcla de complacencia y asombro, los contradictorios giros que hacían mover a su hermana, rememorándole pretéritos tiempos por los que él mismo atravesó.
Así, el día en que ella le hacía probar, en la misma biblioteca, larga levita de grueso paño, entró una sirvienta anunciándole a Alicia el regreso de Román, desde la Mina, con pretensión de rendir cuentas de la leche y precisando la necesidad de hablar con la Señora.
Inexplicable azoramiento experimentó la requerida saliendo de inmediato de la estancia, olvidando desabrochar la prenda de vestir al sorprendido hermano. Este, una vez superada la interrupción, pareció aliviado y, despreocupadamente, volvió a sus habituales aficiones. Poco o nada le interesaban entonces las levitas ó inevitables chalecos…
Totalmente contrario fue el comportamiento de Alicia. Apresuradamente, recorrió los pasillos de la casona para encontrarse con Román en la habitación, donde con intensa luz natural, solían despachar los asuntos de la hacienda. En esta ocasión, la entrega de cuenta por la venta del producto, apenas ocupó unos minutos para el recuento de las monedas de cobre y otras de plata, en cuyos anversos aparecía el busto de D.Alfonso XII para, tras ello, de manera pausada contemplarse, gañán y señora, espaciando intervalos, señora y galán, sin que ninguno se diesen prisa en comenzar la charla, ya ajena al negocio y. por la que el “ama” se interesaba sobre el acontecer de la Mina. Pero… ¿es que la impaciencia por estar al día en el discurrir minero, siempre referido por Román, era menos importante para ella, ahora, que detener, sin escasez de tiempo, el intrascendente examen del joven asalariado?
