4 de octubre de 2012

1920, el año de las tristes despedidas



Hoy te acercas a las minas de Riotinto y escuchas un silencio triste. Y no son las preocupantes voces calladas de hoy las que me ocupan ahora, si no los susurros de un pasado cada vez más lejano. Sonidos de máquinas envidiables y verdaderas chatarras, gritos de hombres admirables y también de auténticos maleantes. Todos forman parte de esta historia que no podemos perder.

En ese ruido, sobresale el del sufrimiento, físico y mental, sobre todo en momentos especialmente tensos como los de 1920. A partir del 2 de julio de ese año se inicia una huelga general que perduró en nuestro recuerdo minero. Un movimiento localista, dirigido por y para los trabajadores de la poderosa Riotinto Company. En ella, como muestra Arenas Posadas en su obra “Empresa, Mercados, Mina y Mineros. Río Tinto (1873-1936), los huelguistas “abominan de aquellos que, erigiéndose en directores de derechas o de izquierdas, quieren hacer de esta huelga un instrumento político”. Ideas que no podemos permitir caer en el olvido, frases de un pasado que nos ayuda a estar alerta y, por ello, debemos recordar y extender continuamente.

En ese año se intentaron derribar los cimientos del poder empresarial, entre los que se encontraban las jubilaciones, los traslados, la asistencia médica o la jornada laboral. Se luchaba contra el hambre: el hambre pasado, el hambre presente y el hambre futuro. Y es que a partir del 2 de julio, esa sensación era el Kalashnikov de la empresa.

Mi objetivo hoy no es detallar las características de dicha huelga, básicamente porque no estoy preparado, si no mostrar, aunque sea levemente, el poder y el sudor, el cinismo y el sufrimiento. Para ello, son de gran utilidad dos artículos publicados en el diario “La Provincia” en septiembre de 1920. En el primero, titulado “Huelva la Buena” de 25 de septiembre, Manuel Siurot reflexiona:

“Don Salvador Moreno, culto y simpático miembro del comité de la huelga de Río Tinto en nuestra capital, me invita (…) a poner en acción el propósito de dar de comer a los niños de los huelguistas de Huelva. (…).
Estos empleados y obreros de Huelva han dado un ejemplo de admirable fraternidad, preocupándose antes que nada de los niños de Río Tinto y Nerva.
Y ahora, (…), este trabajador onubense vuelve los ojos hacia su propio hogar, y al ver el hambre y la miseria retratadas en la pálida frente de sus hijitos, le nace en el alma un gesto, que tiene los divinos relieves de la razón herida por la desgracia, fundamento de su derecho a pedir que demos de comer a las pobres criaturitas.
(…) No me dejará sólo, por que no me dejó nunca, cuando le pedí para las grandes necesidades y esta de ahora es la más horrible que azotó nuestro pueblo.
Día llegará, no muy lejano, en que un viento de paz sustituya al huracán de la soberbia y entonces Huelva la buena, la trabajadora, la honrada, respirará a pulmón lleno la satisfacción de haber cumplido su deber. (…)”

Cuatro días más tarde, se publica una carta de Walter Browning, Director General de la Riotinto Company:

“Hecho cargo de su artículo (…), tengo el gusto, como particular, de remitir a usted la cantidad de 2000 pesetas, rogándole atentamente las reciba como donativo para la suscripción a que se dirige el antes mencionado artículo, cuya eficacia más completa deseo muy de veras (…)”

Esos niños a los que se refiere M. Siurot son los hijos de los obreros de la Cuenca Minera que, debido a la presión ejercida por la empresa, con el apoyo que recibe del gobierno de Dato (casualmente accionista de la compañía británica), se ven obligados a emigrar temporalmente a Madrid, Sevilla o Huelva y ser acogidos por compañeros y asociaciones. Y esa es la personalidad del conocido Mr. Browning, la forma de actuar del lobby económico más poderoso de su tiempo: la Riotinto Company Limited. Huelga decir que esas hipócritas dos mil pesetas no fueron aceptadas y que esta batalla se perdió.

Gritos rabiosos de muchos y caudalosos de algunos son los que aún colean. Cobos Wilkins comentó en una ocasión que de un pasado de dolor, nace un futuro de esperanza. La esperanza permanece, pero sólo respetando nuestro pasado y recordando nuestros sonidos podremos alzar la voz por lo que dimos, por lo que fuimos y por lo que somos y daremos, evitando así, un silencio sepulcral.




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